OPINIÓN

Mendoza: la postal casi perfecta, el servicio pendiente

Se vende como destino de excelencia, pero en la experiencia cotidiana aparecen fisuras: atención desganada, precios elevados sin correlato, infraestructura deficiente y una identidad cultural diluida. No es la crisis: es un problema estructural.

Entre montañas, vino y turismo premium, la provincia exhibe una deuda persistente: calidad humana, identidad cultural e infraestructura.

Hay algo que no cierra. Lo saben ellos, lo perciben quienes llegan y lo padecen quienes viven. Mendoza se ofrece al país y al mundo como una provincia modelo: paisajes imponentes, bodegas de primer nivel, gastronomía sofisticada. Y sin embargo, cuando la postal se vuelve experiencia, algo se rompe.

Porque no alcanza con la montaña si la cara visible del turismo -la gente- transmite fastidio.

Ellos lo ven todos los días. En restaurantes, cafés, comercios. No se trata de casos aislados: es una sensación extendida. Empleados que atienden con desgano, respuestas con tono áspero, una amabilidad que no fluye. No es hostilidad abierta, pero tampoco hay calidez. Es una neutralidad incómoda que termina desgastando.

El maltrato invisible

No siempre es explícito. No siempre se puede señalar con claridad. Pero está. Es un maltrato silencioso, sutil, casi imperceptible. No hay gritos, no hay faltas de respeto evidentes. Nadie levanta la voz. Sin embargo, la incomodidad se instala igual: en un gesto, en una respuesta seca, en una mirada que evita, en una demora innecesaria.

Es ese trato que no alcanza a ser incorrecto, pero tampoco es correcto.

Y ahí aparece una escena repetida, casi absurda: el cliente que tiene que hacer señas. Levantar la mano, mirar, insistir. Hacer más gestos que un árbitro para lograr algo básico: pedir la cuenta, corregir un pedido, sumar algo que falta. Como si tuviera que hacerse visible.

Y muchas veces esto no ocurre en contextos de saturación o de desborde. No es un salón lleno donde nadie da abasto. Pasa en lugares vacíos, con pocas mesas ocupadas, donde la lógica indicaría lo contrario: atención disponible, cercanía, respuesta inmediata. Pero no sucede.

Entonces el problema no es la cantidad de trabajo. Es la falta de atención.

Porque quien está ahí, en definitiva, debería estar atento a eso: a la necesidad del otro.

Se estima que existe un 62% de probabilidades de aumento del estrés en quienes trabajan en atención al público; y aunque no se sepa en qué porcentaje, también provoca situaciones de estrés en el consumidor, en el cliente.

La experiencia no se arruina de manera brusca. Se diluye.

Y lo más complejo es que, con el tiempo, se naturaliza. Se vuelve parte del paisaje. Algo que se espera, que ya no sorprende.

Pero que sigue estando.

Y que sigue marcando la diferencia.

Y no es nuevo. No nació con la crisis. Viene de antes. De una provincia que nunca terminó de asumir que el servicio también es identidad.

El contraste incómodo: cercanía vs. desgaste

Hay un dato que incomoda porque rompe una lógica básica.

En Mendoza, en términos generales, quien trabaja en atención al público -en bares, restaurantes, comercios o centros comerciales- suele vivir relativamente cerca de su lugar de trabajo. No en todos los casos, por supuesto: hay quienes llegan desde San Martín, Rivadavia u otras zonas más alejadas. Pero en promedio, en el Gran Mendoza, los tiempos de traslado rondan los 15 a 30 minutos.

No hay, como regla, un desgaste extremo en el viaje cotidiano.

Y sin embargo, el malestar aparece igual.

Ahí es donde la comparación se vuelve inevitable. En la Ciudad de Buenos Aires, miles de trabajadores invierten entre dos y hasta  cuatro  horas diarias en trasladarse. Viajan en colectivos sucios, saturados, trenes colapsados, subtes sin espacio, en condiciones muchas veces incómodas, incluso indignas. Combinan medios, esperan, se adaptan, repiten esa rutina todos los días. Y quienes pueden darse el gusto de ir en auto deben pagar peajes

Es un desgaste real, físico y mental.

Pero aun así, en muchos casos, la atención logra sostener cierta cordialidad, un ritmo, una predisposición.

En Mendoza, donde ese nivel de exigencia en el traslado no es la norma, el cliente percibe muchas veces lo contrario: respuestas cortantes, falta de interés, un trato distante o directamente incómodo.

Entonces la explicación no puede ser solo el cansancio. El problema parece ser otro. Más profundo. Más propio.

Una desconexión entre el trabajo y el sentido de atender.

Mientras tanto, los precios cuentan otra historia.

Un café a valores de capital internacional, pero servido sin cuidado: quemado, con agua de mala calidad hasta con gusto a cloro , sin criterio. Y ahí aparece la grieta real: no es caro por ser bueno, es caro sin justificarlo.

El contrato entre quien paga y quien recibe se rompe en silencio.

Pero hay algo más. Algo que incomoda de otra manera, más sutil, pero igual de profunda.

Ellos entran a un café en Mendoza -en Mendoza- y suena reguetón.

O bachata. O una lista de reproducción genérica de música electrónica, como si estuvieran en cualquier aeropuerto del mundo.

Y entonces surge una pregunta incómoda: ¿dónde está Mendoza?

Porque quien llega no viene a escuchar lo mismo que podría oír en cualquier otro país. No cruza medio continente para encontrarse con una banda sonora importada. Viene a buscar identidad. Viene a escuchar tonadas, cuecas, guitarras cuyanas, voces que hablen de ese territorio.

Pero eso no está. O está relegado, escondido, como si lo propio diera vergüenza.

Tiempo atrás, el profesor Ariel Robert lo planteaba sin rodeos: debería existir una política -una decisión- que promueva, incluso que premie, a que los espacios gastronómicos y turísticos difundan música local o nacional. No como imposición autoritaria, sino como defensa cultural.

Porque lo que está en juego no es una playlist.

Es la identidad.

Y mientras tanto, avanza otra lógica. Más global, más uniforme, más vacía.

Una que convierte a todos los lugares en el mismo lugar.

El reguetón no es solo música: es también un símbolo. De una penetración cultural que reemplaza lo propio por lo consumible, lo inmediato, lo homogéneo. Y en ese proceso, Mendoza empieza a sonar cada vez menos a Mendoza.

Mientras tanto, los problemas estructurales siguen ahí.

Baños en mal estado, falta de higiene, espacios públicos descuidados.

Zonas turísticas sin infraestructura.

Cruces internacionales colapsados, sin servicios básicos para quienes quedan varados.

Incluso los propios turistas, aun valorando la experiencia general, señalan falencias en servicios y organización.

Mendoza, hoy, sigue siendo una promesa. Pero una promesa que, si no se revisa, corre el riesgo de convertirse en una costumbre. En una mala costumbre.

Y vale decirlo con claridad: esta nota no nace desde el ánimo de criticar ni de atacar a los empleados de comercio, ni a quienes trabajan en relación de dependencia. Muy por el contrario. Se escribe desde la preocupación genuina por sostener las fuentes laborales y por mejorar una dinámica que, así como está, termina desgastando tanto al que atiende como al que llega.

Porque si algo está en juego no es solamente un servicio: es el ánimo social, es la calidad de vida, es la forma en que convivimos en lo cotidiano.

Vendrán tiempos mejores. Deberían venir. Tiempos en los que quienes gobiernen -a nivel nacional y provincial- dejen de pensarse a sí mismos y empiecen a pensar en la gente. Mendoza tiene con qué. Tiene historia, tiene esfuerzo, tiene capacidad.

Pero también tiene una tarea pendiente: mejorar desde adentro.

Porque a veces el voto equivocado se traduce en esa cara larga que vemos todos los días. Y entonces no alcanza con quejarse: hay que resistir, sí, pero también reflexionar. Pensar mejor. Elegir mejor.

Quizás así, cuando toque salir a trabajar, lo hagamos con otra energía. Y cuando toque entrar a un comercio, no haya que hacer señas como un náufrago para ser visto, sino simplemente encontrarnos -de un lado y del otro del mostrador- con algo tan básico como el respeto y las ganas de que las cosas funcionen mejor.

Porque a veces el voto equivocado nace del afán de sentirse parte de otra clase. Pero cuando el resultado es haber elegido a alguien que no solo no te invita a pertenecer, sino que además te empuja a bajar un escalón, esa frustración termina reflejándose en la cara larga de todos los días. Entonces no alcanza con quejarse. Hay que resistir, sí, pero también reflexionar, pensar mejor y elegir mejor.

Y más profundo todavía: una provincia que convive con situaciones de exclusión visibles, pero que muchas veces opta por ocultarlas en lugar de resolverlas.

Lo mismo ocurre con la forma de hablar.

Ellos lo notan. Hay una tensión constante entre lo que se es y lo que se quiere parecer. Una tendencia a neutralizar el acento, a acercarse a Buenos Aires, a suavizar lo propio. Como si la identidad mendocina estuviera siempre en discusión.

Y cuando aparece -cuando se filtra- muchas veces es motivo de burla. Como aquella frase, convertida en meme, que no era más que una forma genuina de hablar. El perro se cruzo .

Esta nota habla de: