La utopía de despertar volcanes
En "Llamafuegos", la primera novela de Hernán Sottini, nada puede salir mal, sencillamente porque llegamos al infinito sin voluntad.
Entre mutilaciones externas e internas, físicas y psicológicas, entre quimeras que se pierden en el mismo horizonte tras el cual desaparecen los sueños, perdidos en un sur en el que la utopía de despertar volcanes no abandona la categoría de locura. Entre planes que se oponen, pero siempre, todos, en fuga. ¿Estamos hablando de "Los siete locos"? ¿Estamos hablando de "Lanzallamas"? No. Estamos hablando de "Llamafuegos" (Paradiso Ediciones), de Hernán Sottini.
Viejas Locas x Fachi y Abel llega a Mendoza con una noche de clásicos del rock barrial"Llamafuegos" nos ofrece muchas aristas, muchos elementos para a partir de los cuales comenzar a hablar de ella. Optemos por empezar por el tiempo en el que se desarrolla la trama. Por varias pistas que Sottini va poniendo en bocas de sus personajes, podemos deducir que se desarrolla en los setenta. E incluso algunos de esos personajes serían propios de esa época, como un médico nazi refugiado con un expaciente, con quien intenta el experimento de crear un nuevo Wagner, y con certeza algunas menciones a personajes como Juan Domingo nos anclarían ahí. Pero también sucede que hay una suerte de continuidad con aquellas obras de Roberto Arlt, especialmente con los planes inconclusos que tendrían una continuidad (en su planificación al menos) en la Patagonia.
"Llamafuegos", la primera novela de Hernán Sottini.
Y ya que nombramos a la Patagonia, es en algún punto de ella donde se produce el encuentro de todos estos personajes, a saber, un huido de una revolución nunca comenzada; una prostituta que, es de suponer, se enamora, o algo así; los hijos de esta, producto de semillas cuestionables; el nazi y su abatido acólito/expaciente/rata de laboratorio, cada quien encerrado en sus propias reflexiones, en sus miradas particulares del mundo y cómo cambiarlo.
Manuela Mur: el libro que rescata a una pionera clave de la cultura mendocinaCon todos estos elementos (el tiempo, el paisaje, tal morralla de personajes), Sottini avanza haciendo fluir, con un lenguaje y un estilo desenfadados, monólogos que van construyendo, en este gran rompecabezas, un mundo en el que la utopía es el apocalipsis. Pero no estamos hablando de ganadores, sino, todo lo contrario, de perdedores, de gente a la que los sueños se les ablanda con el paso del tiempo y termina encerrada en sí misma. El tiempo como catalizador de la degradación y continuidad; degradación de las utopías, continuidad de los sueños (o la misma utopía).
"Llamafuegos" también se mueve en varios planos. En el de las relaciones filiales y las sexuales, en el de la historia y la sociedad, en el de la locura y la cordura, en el de la realidad y la fantasía, en el de los miedos y la valentía, en el de la horizontalidad y la verticalidad del poder (de los poderes). Y de todos ellos sale victoriosa, convirtiéndose en una novela sólida que, antes que una continuidad de la obra de Arlt, se propone como un nuevo giro, una nueva mirada sobre esos personajes que sueñan utopías pero no pueden evitar caer derrotados. En definitiva, como dice uno de ellos, "ganamos o empardamos pocas veces los partidos del destino, nos derrota invariablemente".
"En fin, entre tinieblas, mejor creer en profecías", dirá otro por ahí, porque, en definitiva, "¿qué puede salir mal si llegamos al infinito sin voluntad?".
Con "Llamafuegos", Hernán Sottini le da continuidad no sólo a la tradición literaria de Roberto Arlt, sino también, si se quiere, a la de Osvaldo Lamborghini, Oscar Hermes Villordo y varios otros autores más.