OPINIÓN

La motosierra . La herramienta del malo

La nota reflexiona sobre el simbolismo político de la motosierra utilizada por Javier Milei y cuestiona cómo una herramienta asociada históricamente a la destrucción se convirtió en emblema de gobierno. Sin pretender realizar diagnósticos psicológicos, analiza conductas públicas del presidente y su entorno, el vínculo con su hermana y sus perros clonados, el deterioro social provocado por el ajuste y la aparición de una nueva "casta" oficialista. Con un tono crítico y melancólico, el texto plantea que el antiperonismo terminó apoyando un modelo que hoy perjudica incluso a quienes lo votaron.

Adrián Characán

Ni puente, ni abrazo, ni reconstrucción. La motosierra no vino a curar heridas ni a ordenar el Estado: vino a cortar, a destruir, a arrasar. Y cuando una sociedad elige como símbolo político una herramienta creada para mutilar árboles, podar ramas y partir cuerpos de madera, quizás también está mostrando una fractura emocional mucho más profunda que una simple crisis económica.

Hubo un tiempo en que muchos argentinos vieron a Javier Milei como un personaje excéntrico de televisión. Un panelista gritón, desbordado, que parecía más una curiosidad mediática que un dirigente capaz de conducir una nación. A fuerza de insultos, de exabruptos y de furia televisiva, construyó una identidad. Y esa identidad encontró eco en una sociedad cansada, golpeada, empobrecida y emocionalmente rota.

Porque algo debió quebrarse en la psiquis colectiva para que un hombre levantando una motosierra fuera interpretado como esperanza.

La motosierra jamás fue una herramienta de construcción. No sirve para levantar una casa, no sirve para curar una herida, no sirve para unir a dos personas. No cose, no abriga, no alimenta. La motosierra corta. Destruye. Arranca de raíz. Parte en dos.

Y hasta el cine entendió siempre eso. Las motosierras aparecen en películas de terror, asociadas al miedo, a la violencia, al caos. Nadie imagina un jardín de infantes decorado con motosierras. Nadie piensa en amor cuando escucha ese ruido metálico y brutal acelerando sobre la madera. Es una herramienta agresiva, impredecible, peligrosa incluso para quien la utiliza. Basta mirar accidentes reales: árboles que caen sobre quienes intentan talarlos, brazos mutilados, heridas irreversibles. La motosierra no distingue demasiado. Lastima al que tiene enfrente y muchas veces también al que está detrás.

Y sin embargo, esa fue la metáfora elegida para gobernar la Argentina.

Se dijo que iba a cortar "los privilegios de la casta". Pero la historia empieza a mostrar otra cosa. Mientras millones ajustan sus gastos cotidianos, aparecen funcionarios viviendo una vida de lujo obsceno. El vocero presidencial y jefe de gabinete Manuel Adorni convertido en celebridad oficialista, viajes, propiedades, countries, parrillas importadas, exhibición constante de privilegios. Y alrededor, una corte de funcionarios fascinados con el dinero y el poder.

Como dijo Jorge Asís , en Minuto Uno junto a Gustavo Silvestre , parecen " no saben robar". Desprolijos. Deslumbrados. Gente que jamás imaginó estar cerca del poder y ahora actúa como quien entra desesperadamente a una joyería con plata ajena.

Porque los verdaderamente ricos de este esquema ya venían ricos desde antes., y que no figuran en ningún escándalo, por ahora.   Luis Caputo, los Menem, Federico Sturzenegger. Son hombres formados en las élites del poder económico argentino. Pero alrededor apareció otro universo: funcionarios improvisados, influencers reciclados en dirigentes, fanáticos convertidos en administradores del Estado.

Y mientras tanto, la motosierra sigue girando.

Se destruyen organismos, se desmantelan áreas sociales, se paralizan obras, se abandona a personas en situación de calle, se desfinancia la salud pública y se naturaliza el desprecio por el otro. El que sufre es acusado de "no haberse esforzado". El pobre pasa a ser sospechoso. La solidaridad empieza a ser presentada como debilidad.

Y en medio de todo eso aparece otra dimensión inevitable: la conducta presidencial.

Sin pretensión de análisis psiquiátrico -porque no corresponde ni existe capacidad profesional para hacerlo- hay hechos públicos que llaman la atención. Los cambios emocionales extremos, el vínculo casi místico con su perro muerto Conan, las referencias permanentes a animales clonados, el extraño nivel de dependencia política y emocional respecto de su hermana Karina Milei, a quien muchos describen como la verdadera administradora del poder.

Y allí aparece inevitablemente el recuerdo de Nelson Castro, cuando años atrás se tomó irresponsablemente la licencia de analizar psicológicamente a Cristina Fernández de Kirchner para intentar desacreditarla políticamente.

Aquello fue utilizado como una herramienta de canibalización mediática contra el kirchnerismo. Por eso aquí no se busca diagnosticar a nadie. Pero sí observar conductas, discursos y símbolos.

Y los símbolos importan.

Porque mientras Cristina Fernández de Kirchner podía hablar durante horas de economía, geopolítica, historia o industria nacional sin leer un papel, el actual oficialismo parece reducir la política a slogans, gritos y provocaciones de redes sociales. Incluso la propia Karina Milei, figura central del gobierno, apenas ha mostrado discursos de extrema pobreza conceptual y lingüística.

La política argentina pasó del debate ideológico a la estética del shock.

Y quizás allí esté el drama más profundo: una parte importante de la sociedad prefirió votar contra el peronismo aun cuando eso implicara entregarle el país a un experimento emocionalmente inestable. El antiperonismo, muchas veces atravesado por odio de clase y resentimiento cultural, terminó abrazando una herramienta que inevitablemente iba a destruir.

Porque la motosierra jamás fue una caricia.

Y ahora muchos de esos mismos votantes empiezan a comerse los ahorros que lograron juntar durante años. Empiezan a descubrir que el ajuste no era para "la casta", sino para ellos mismos. Que el sacrificio nunca alcanzaba. Que siempre había otro recorte más por venir.

Ojalá la sociedad argentina pueda mirar nuevamente la política no desde el odio, sino desde la empatía. Entender que un país no se levanta destruyendo al vecino. Que nadie construye futuro humillando jubilados, abandonando enfermos o festejando despidos.

Porque una motosierra puede talar un árbol en segundos. Pero un bosque tarda décadas en volver a crecer.

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