Eva Perón: el nacimiento de una mujer que todavía incomoda
El 7 de mayo de 1919 nacía en Los Toldos María Eva Duarte. Apenas treinta y tres años después moriría convertida en un mito político, social y cultural imposible de borrar. Desde entonces, su cuerpo fue secuestrado, profanado y escondido durante años; su memoria atacada con un odio que todavía persiste. En esta nota, el nacimiento de Eva Perón y el paralelismo inevitable con el ensañamiento político y mediático sufrido por Cristina Fernández de Kirchner: dos mujeres que desafiaron privilegios y despertaron un resentimiento visceral en los sectores más acomodados de la Argentina.
A 107 años del nacimiento de Eva Duarte, la historia de una mujer que pasó de la pobreza a la inmortalidad popular, y el odio persistente de una burguesía que jamás le perdonó haberles dado dignidad a los humildes
Hay nacimientos que son apenas un dato civil. Y hay otros que terminan modificando la historia de un país. El de María Eva Duarte fue uno de ellos.
Nació el 7 de mayo de 1919 en Los Toldos, bajo el signo de Tauro. Hija ilegítima en una Argentina profundamente conservadora y cruel con los pobres, con las mujeres y, sobre todo, con los hijos "naturales", Evita conoció desde chica el desprecio de clase. Conoció la humillación antes que los privilegios. Supo lo que era entrar por la puerta de atrás. Supo lo que era el silencio obligado de los humildes. Y tal vez por eso jamás romantizó la pobreza.
Cuando llegó a Buenos Aires siendo apenas una adolescente, no llegó desde el privilegio sino desde la intemperie. Fue actriz, locutora, trabajadora de radioteatro. Construyó sola un lugar en una sociedad donde las mujeres pobres tenían destinos ya escritos por otros.
Hasta que apareció Juan Domingo Perón.
Y con él apareció algo mucho más peligroso para las clases dominantes: la posibilidad de que los de abajo dejaran de agachar la cabeza.
La mujer que convirtió el amor popular en justicia social
Evita entendió algo que las élites jamás pudieron comprender: que la dignidad no era caridad. Por eso creó hogares, escuelas, hospitales, policlínicos, colonias de vacaciones y barrios enteros. Por eso impulsó el voto femenino. Por eso abrazó a los trabajadores, a los ancianos y a los niños como prioridad política y humana.
"Donde hay una necesidad, nace un derecho", repetía.
Y allí comenzó también el odio.
Porque la Argentina oligárquica podía tolerar un pobre obediente, pero no podía soportar un humilde orgulloso. Mucho menos una mujer joven diciéndoles a los poderosos que debían compartir privilegios.
El problema nunca fue solamente Evita. El problema era lo que representaba: la irrupción de los invisibles en el centro de la historia.
La Fundación Eva Perón llegó a construir una estructura social gigantesca. Miles de máquinas de coser, juguetes, camas, remedios y viviendas fueron entregados en una época donde el Estado empezaba a mirar a quienes nunca había mirado. Y sí, había lujo en algunas obras impulsadas por Evita.
Porque ella sabía lo que significaba no tener nada.
Uno de los ejemplos más simbólicos fue el Hogar de la Empleada, construido con mucho lujo y detalles, para trabajadoras domésticas que llegaban del interior y muchas veces eran explotadas o vivían hacinadas. Allí había habitaciones dignas, comodidades impensadas para la época y hasta un piso destinado a jóvenes próximas a casarse, le llamaban el piso de las casamenteras . Aquello escandalizaba a los sectores acomodados: no podían aceptar que una empleada doméstica tuviera acceso a belleza, descanso o bienestar.
Como si la dignidad fuera un privilegio reservado para pocos.
La muerte de Evita y el odio sin límites
Eva Perón murió el 26 de julio de 1952, a los 33 años, víctima de cáncer.
El dolor popular fue inmenso. Multitudes interminables desfilaron para despedirla. Pero mientras millones lloraban, comenzaron a aparecer pintadas infames en algunas paredes de la Argentina: "Viva el cáncer".
Aquella frase quedó como una de las expresiones más brutales del odio de clase en la historia argentina.
No era solamente rechazo político. Era resentimiento social. Era misoginia.
Era el castigo simbólico hacia una mujer que había roto el orden establecido.
Y después vino algo todavía más oscuro.
El cuerpo secuestrado
El cuerpo de Evita fue embalsamado por el doctor español Pedro Ara. La técnica utilizada fue considerada una de las más extraordinarias de la historia de la tanatología moderna. Su conservación alcanzó un nivel de perfección pocas veces visto en el mundo.
Pero ni siquiera muerta pudieron dejarla descansar.
Tras el golpe militar de 1955, la dictadura que derrocó a Perón secuestró el cadáver. Durante años, el cuerpo de Eva Perón desapareció.
Fue ocultado, trasladado clandestinamente, sometido a humillaciones, y profanaciones. Distintos testimonios históricos hablaron de quemaduras de cigarrillos, maltratos e incluso abusos sobre el cadáver.
Durante un tiempo, el cuerpo permaneció escondido en el entonces edificio de Obras Sanitarias de la Nación, hoy AySA, uno de los edificios más emblemáticos de Buenos Aires. El odio había llegado a un nivel enfermizo.
Porque para ciertos sectores, Evita no debía existir ni viva ni muerta.
Finalmente, el cadáver fue enviado clandestinamente a Milan bajo nombre falso y enterrado allí durante años hasta ser restituido a Perón.
Ni siquiera pudieron derrotarla escondiendo su cuerpo. Porque Evita dejó de pertenecer a la biología para convertirse en símbolo.
Evita en Mendoza
Las giras de Eva Perón por el interior marcaron a fuego a muchas provincias argentinas, entre ellas Mendoza.
Los relatos de época recuerdan trenes repletos de trabajadores esperando verla pasar. Escuelas hogar acondicionadas para su visita. Mujeres humildes acercándole cartas. Niños vestidos especialmente para recibirla.
Evita entendía algo esencial: el interior profundo existía. No era una postal. Era pueblo.
Y muchas de esas obras sociales sobrevivieron incluso al odio posterior que intentó borrar toda huella de su paso.
La mujer que quiso desmantelar a Evita
Tras el derrocamiento de Perón, una de las figuras más activas en el desmontaje de la obra social vinculada al peronismo fue Marta Ezcurra, referente antiperonista que participó activamente en la intervención y desarticulación de estructuras ligadas a la Fundación Eva Perón.
Muchos hogares, hospitales y espacios construidos durante aquellos años fueron abandonados, rebautizados o destruidos. Había que borrar a Evita. O al menos intentarlo.
Y en este mismo medio, en el Diario Portada, el 4 de marzo del 2026 se publicó una nota especialmente dedicada a la historia , bajo el titulo "Marta Ezcurra: La ejecutora de intervenir, desmantelar y disolver la Fundación Eva Perón" de su rol político y su participación en el desmantelamiento de gran parte de la obra social impulsada por Eva Perón. Una historia que todavía interpela a la Argentina actual y que invita a comprender hasta dónde puede llegar el odio ideológico cuando se intenta borrar no solamente a una dirigente, sino también la memoria colectiva de un pueblo.
El topo que vino a destruir el Estado
Y en esa Argentina donde Marta Ezcurra soñaba con borrar el legado de Eva Perón, muchos sienten que hoy aquella tarea continúa de otra manera. Esta vez, en palabras del propio Javier Milei, con "el topo que vino a destruir el Estado desde adentro".
El achique ya no es una consigna abstracta: golpea sobre jubilados, discapacidad, universidades públicas, el CONICET, el Servicio Meteorológico Nacional, la obra pública, las rutas y la construcción de viviendas.
Y mientras Evita repetía que "los únicos privilegiados son los niños", muchos observan con ironía amarga que, en la Argentina libertaria, aparentemente los privilegiados son Manuel Adorni y los hermanos Milei.
El paralelismo inevitable con Cristina
Décadas después, otra mujer volvería a despertar un odio parecido.
Cristina Fernández de Kirchner también fue convertida en objeto de persecución política, mediática y judicial. También sufrió niveles de violencia simbólica pocas veces vistos. También fue reducida por sectores del poder a caricaturas cargadas de misoginia. Y también hubo un intento de asesinato. El 1 de septiembre de 2022 le gatillaron un arma en la cabeza frente a millones de argentinos.
El paralelismo no es casual.
Porque cuando las políticas de ampliación de derechos son impulsadas por mujeres, el odio de determinados sectores parece multiplicarse. No alcanza con discutir ideas: aparece la necesidad de destruir moralmente, humillar y disciplinar.
Con Juan Domingo Perón hubo oposición política.
Con Evita apareció el desprecio visceral.
Con Néstor Kirchner hubo confrontación de intereses.
Con Cristina apareció nuevamente el odio personal, la obsesión, el ensañamiento.
Porque para ciertos sectores del poder, una mujer que conduce, decide y transforma sigue siendo intolerable.
La inmortalidad de Eva
Evita murió joven. Demasiado joven.
Pero hay personas que no desaparecen cuando dejan de respirar. Pasan a otro lugar. A la memoria popular. Al símbolo. A la historia sentimental de un pueblo.
A 107 años de su nacimiento, sigue generando amor y odio con una intensidad que pocas figuras políticas logran atravesar. Y quizás eso explique su verdadera dimensión histórica.
Los indiferentes no hacen historia.
Los que transforman la vida de millones, sí. Y Evita la transformó.
Dicen que cuando los humildes conquistan derechos nace el amor popular.
Y que cuando los privilegiados sienten amenazados sus privilegios, nace el odio.
Tal vez por eso, después de más de siete décadas, Eva Perón sigue viva en la memoria de millones. Porque algunos nombres no envejecen. Se vuelven eterno...