OPINIÓN

El Mundial de la distancia

A pocas horas de que comenzara el Mundial 2026, repartido entre México, Estados Unidos y Canadá, algo extraño flotaba en el aire argentino. No era entusiasmo. No era ansiedad. No era aquella sensación colectiva que durante décadas transformaba las calles, los bares, las escuelas y los lugares de trabajo en una conversación permanente sobre fútbol.

Adrián Characán

Cuando la muerte vuelve a recordarnos que la vida sucede en otra parte

Era otra cosa. Quizás una sensación de distancia. Quizás la percepción de que este Mundial, pese a la presencia de Lionel Messi, Alexis Mac Allister, Lionel Scaloni y los campeones del mundo, aparece como uno de los más ajenos que recuerde nuestra generación. Habitan una dimensión que poco se parece a la Argentina cotidiana. Y cuando el dinero se vuelve paisaje permanente, a veces ocurre algo extraño: algunos terminan creyendo que pertenecen a otro lugar, olvidando que la historia que los hizo gigantes nació precisamente entre la gente común. La crítica apunta a una actitud desclasada, más que a su origen social.

Durante gran parte del siglo XX, la televisión, la radio y los diarios construían referencias comunes. La mayoría de la sociedad compartía ciertos nombres, ciertos artistas, ciertos acontecimientos. Existía un relato colectivo, con sus virtudes y sus limitaciones. Hoy eso ya no ocurre.

Los jóvenes habitan universos digitales propios. Los adultos consumen otros contenidos. Los trabajadores otros. Los militantes otros. Los fanáticos del deporte otros. Los seguidores de determinados influencers viven acontecimientos que para millones de personas simplemente no existen.

Suceden cosas importantes en simultáneo, pero en circuitos diferentes.

Como si la realidad estuviera compuesta por capas superpuestas.

En una capa, millones lloran la muerte de un creador de contenidos. En otra, miles despiden a un músico que marcó generaciones enteras. En otra, una adolescente asesinada vuelve a poner en discusión la violencia contra las mujeres. En otra, una Madre de Plaza de Mayo se convierte definitivamente en historia. Todas esas cosas ocurren al mismo tiempo.

Pero ya no necesariamente nos encuentran reunidos alrededor de una misma conversación. Quizás esa fragmentación también explique parte del extraño clima que rodea a este Mundial. Un Mundial donde la pelota sigue rodando, pero donde la sociedad parece cada vez más dispersa, más atomizada y más sola. Un planeta que naturaliza el descarte

Mientras tanto, fuera de las pantallas deportivas, el mundo sigue acumulando señales preocupantes.

Las guerras continúan dejando su estela de muerte y desesperación. La Franja de Gaza, el Líbano, Irán y distintos escenarios de conflicto recuerdan diariamente que millones de personas viven bajo amenazas permanentes, desplazamientos forzados y sufrimientos difíciles de imaginar desde la comodidad de una pantalla.

Pero existe otra guerra menos visible.

La guerra contra los descartables. Cada vez más personas son expulsadas de los sistemas productivos o empujadas hacia formas laborales más precarias. La tecnología y la inteligencia artificial prometen eficiencia, productividad y crecimiento, pero al mismo tiempo generan incertidumbre sobre el futuro del trabajo y sobre la posibilidad de construir una vida digna. El fenómeno puede observarse incluso en actividades históricamente asociadas a la estabilidad laboral.

En Argentina, por ejemplo, se han impulsado modificaciones que permiten a integrantes de las fuerzas armadas realizar actividades complementarias en plataformas de transporte o reparto para completar sus ingresos.

Más allá de las posiciones ideológicas, el dato expone una realidad incómoda: cada vez más personas necesitan trabajar más horas para alcanzar niveles de vida que antes podían sostener con un único empleo.

La promesa de progreso parece convertirse para muchos en una carrera interminable. Más esfuerzo. Más horas. Más exigencias. Menos certezas. Menos tiempo libre. Menos futuro.

Y en medio de ese escenario, persiste otra discusión que atraviesa a la democracia argentina: la utilización del aparato judicial como herramienta de disciplinamiento político.

Para amplios sectores del campo nacional y popular, la situación de Cristina Fernández de Kirchner constituye uno de los ejemplos más evidentes de esa práctica conocida internacionalmente como lawfare: el uso de procesos judiciales para limitar, condicionar o excluir adversarios políticos de la competencia democrática.

La discusión excede incluso a la figura de Cristina.

Porque la pregunta de fondo es otra.

¿Quién decide finalmente quién puede representar a millones de ciudadanos ¿Las urnas o los tribunales?

Son interrogantes que siguen abiertos. Y que aparecen en el mismo tiempo histórico en que el planeta organiza espectáculos deportivos multimillonarios, consume contenidos a velocidad infinita y observa cómo la inteligencia artificial transforma la vida cotidiana.

Quizás por eso este Mundial encuentra a tanta gente mirando la pantalla y pensando en otra cosa.

Porque detrás de cada partido siguen existiendo preguntas que ningún resultado deportivo puede responder.

El ancla que amenaza con hundir el relato

En medio de la apatía general que parece rodear a este Mundial, otro episodio logró captar la atención pública: la aparición de Manuel Adorni con un pendrive en forma de ancla, convertido rápidamente en símbolo de una crisis política que todavía no termina de explicarse.

 

Mientras crecen las especulaciones sobre la información que contendría ese dispositivo, los hermanos Milei parecen aferrarse a la permanencia de su principal vocero y jefe de Gabinete, conscientes de que una renuncia podría transformarse en el reconocimiento explícito de una tormenta mucho más profunda de lo que admiten públicamente.

Los seis meses más turbulentos de Trump

Y mientras el Mundial intenta concentrar la atención del planeta, el escenario global tampoco ofrece demasiadas certezas. En apenas seis meses, Donald Trump pasó de celebrar acuerdos de paz con Irán a amenazar con una destrucción masiva si Teherán no aceptaba sus condiciones; ordenó la captura de Nicolás Maduro mediante una polémica operación militar en Venezuela y profundizó una política exterior marcada por la imprevisibilidad y la escalada permanente. El dato no es menor: el principal organizador de este Mundial es justamente Estados Unidos, gobernado por un presidente que parece oscilar entre la diplomacia y la guerra con la misma velocidad con la que cambia el ciclo informativo. Seis meses de vértigo, amenazas y conflictos que también forman parte del paisaje de este tiempo.

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