Educar en tiempos de inteligencia artificial: el valor de la pregunta

En tiempos de inteligencia artificial, las respuestas sobran. Docentes y familias educamos cuando enseñamos a preguntar.

Profesor y Licenciado en Sistemas y Computación. Docente e investigador en la UNCUYO. Especialista en educación digital e inteligencia artificial. Maestrando en Enseñanza en Escenarios Digitales. Cofundador de SCIENC3S

La inteligencia artificial ya no es una promesa futura ni un tema exclusivo de especialistas. Está en los celulares, en las tareas escolares, en las consultas cotidianas y en decisiones que antes se tomaban conversando con otros. Chicos y jóvenes la usan con naturalidad, muchas veces con más soltura que los adultos. Frente a esto, aparece una pregunta recurrente: ¿qué hacemos con la inteligencia artificial?

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Durante un tiempo, el debate pareció reducirse a dos posiciones extremas. Prohibirla para "cuidar" el aprendizaje o habilitarla sin demasiadas condiciones, confiando en que el uso se iría acomodando solo. Sin embargo, ese dilema es falso. La cuestión de fondo no es si la inteligencia artificial debe o no estar presente, sino cómo educamos en un mundo donde las respuestas están a un clic de distancia. Como dice mi hijo de 11 años: "¿papá, le preguntamos a la IA?".

La inteligencia artificial responde rápido, cada vez mejor y con una seguridad que puede resultar convincente, porque convengamos que la IA es bastante obsecuente, nunca va a decir "no lo sé", ni tampoco "no tenés razón", tampoco se pregunta por el sentido de lo que responde. No duda, no se incomoda, no se pregunta para qué sirve lo que produce ni a quién afecta. Y ahí aparece un espacio irremplazable para la educación.

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Educar no es solo transmitir información ni verificar respuestas correctas. Educar es, sobre todo, enseñar a formular preguntas relevantes. Preguntarse por qué, para qué, desde dónde y con qué consecuencias. Preguntas que no siempre tienen una única respuesta y que muchas veces incomodan. En ese ejercicio se forma el pensamiento crítico, cosa que la IA no tiene, pero también la responsabilidad y la ética que depende de nosotros.

Este desafío no es exclusivo de la escuela. En casa también se educa, incluso cuando no se lo nombra así. Cuando converso con mi hijo sobre el uso de la tecnología (en general), cuando acompaña, la madre, en una tarea escolar, cuando pregunta cómo se llegó a una respuesta y no solo si está bien o mal, estamos educando. La inteligencia artificial atraviesa tanto el aula como la vida cotidiana, y por eso la responsabilidad es compartida.

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No se trata de convertir a docentes y familias en expertos técnicos ni de competir con las máquinas. Se trata de recuperar algo que parece simple, pero no lo es: el valor de la pregunta. Preguntar antes de copiar y pegar. Preguntar antes de delegar decisiones. Preguntar qué aprendimos, qué entendimos y qué dejamos sin pensar.

En el aula, esto implica repensar consignas, evaluaciones y formas de acompañar los aprendizajes. En casa, implica habilitar conversaciones, poner límites razonables y, sobre todo, dar el ejemplo. Porque los adultos también usamos inteligencia artificial, y los chicos nos observan más de lo que creemos.

Tal vez la pregunta más importante no sea qué puede hacer la inteligencia artificial por la educación, sino qué tipo de personas queremos formar en este nuevo escenario. Personas que solo busquen respuestas rápidas o personas capaces de hacerse buenas preguntas.

En tiempos de inteligencia artificial, educar sigue siendo un acto profundamente humano. Y ese acto empieza, casi siempre, con una pregunta bien hecha.

¿Qué le estamos enseñando a pensar a nuestros chicos cuando dejamos que una máquina responda por ellos?

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