POLÍTICA

Del Ni Una Menos a "Mujeres para Mujeres": cuando la extrema derecha descubre el poder de las mujeres

Un fenómeno que crece en Europa y encuentra ecos en la Argentina. La extrema derecha comprendió que para disputar poder ya no alcanza con dirigentes hombres. Ahora busca construir referentes femeninas capaces de captar a otras mujeres, incluso cuando muchas de sus propuestas terminan cuestionando derechos conquistados tras décadas de lucha.

Adrián Characán

De las calles contra la violencia machista a las redes de la remigración

Hace poco más de una década, cientos de miles de argentinas salían a las calles bajo una consigna que atravesó generaciones: Ni Una Menos. Aquella movilización puso en el centro de la escena una realidad incómoda: las mujeres seguían siendo víctimas de violencia, discriminación y desigualdad estructural en una sociedad que se pretendía moderna.

El movimiento logró instalar debates que durante años habían permanecido invisibilizados. Los femicidios dejaron de ser considerados simples crímenes pasionales. La violencia de género comenzó a ser entendida como un problema social. Las desigualdades laborales, económicas y culturales que afectan a millones de mujeres ocuparon por primera vez un lugar central en la discusión pública.

Sin embargo, mientras el feminismo avanzaba en la construcción de derechos y conciencia social, otro fenómeno comenzaba a desarrollarse en distintos lugares del mundo.

La extrema derecha comprendió algo que durante décadas había ignorado: para construir poder también necesitaba mujeres.

Alemania es uno de los ejemplos más llamativos

Una reciente investigación periodística de DW reveló el funcionamiento de Lukreta, una organización femenina vinculada al entorno político de laultraderecha alemana, que incluso utilizarían el saludo Nazi .

Sus integrantes se presentan como jóvenes preocupadas por la seguridad, la familia, las tradiciones y los valores culturales. En sus redes sociales abundan imágenes cuidadas, mensajes sobre feminidad, encuentros sociales y discursos aparentemente alejados de cualquier extremismo.

Pero detrás de esa estética amable aparece una agenda política concreta.

La llamada "remigración", uno de los conceptos más difundidos por estos espacios, propone la expulsión masiva de inmigrantes y descendientes de inmigrantes como supuesto remedio a los problemas sociales de Europa.

La estrategia es inteligente

La violencia contra las mujeres es presentada frecuentemente como una consecuencia de la inmigración, desplazando el foco de las estructuras históricas de desigualdad que atraviesan todas las sociedades. El problema deja de ser el machismo para convertirse en una herramienta política contra determinados sectores sociales.

Las investigadoras que estudian estos movimientos señalan que organizaciones como Lukreta cumplen una función clave: construir un rostro femenino para ideas que durante décadas estuvieron asociadas casi exclusivamente a dirigentes hombres.

La paradoja resulta evidente

Las mujeres continúan percibiendo salarios menores que los hombres en numerosos sectores económicos. Siguen teniendo menos presencia en puestos de conducción política y empresarial. Continúan soportando una carga mayoritaria en las tareas de cuidado y trabajo doméstico.

Sin embargo, son precisamente esas mujeres las que hoy aparecen como objetivo prioritario de captación política para la extrema derecha.

Lo que antes era un discurso autoritario ahora se presenta envuelto en conceptos como protección, identidad, seguridad y defensa de las tradiciones.

Las contradicciones aparecen rápidamente

Se habla de libertad femenina mientras se promueven modelos extremadamente conservadores sobre el rol de las mujeres.

Se reivindica la autonomía mientras se cuestionan herramientas destinadas a combatir desigualdades.

Se habla de proteger a las mujeres mientras se relativizan las categorías que permitieron visibilizar la violencia específica que ellas sufren.

La experiencia europea obliga a observar con atención lo que ocurre en otras partes del mundo.

Argentina no es una excepción

En los últimos años comenzaron a ganar visibilidad dirigentes mujeres que cuestionan conceptos, políticas y herramientas impulsadas históricamente por el movimiento feminista. Algunas de ellas se han convertido en referentes de discursos que encuentran puntos de contacto con las estrategias desarrolladas por organizaciones como Lukreta.

En ese contexto, figuras como Lilian Lemoine suelen aparecer asociadas a posiciones críticas respecto de numerosas reivindicaciones impulsadas por los movimientos de mujeres, convirtiéndose en una de las voces femeninas más visibles del espacio libertario.

También la diputada Marcela Pagano promovió iniciativas destinadas a endurecer las penas para quienes realizaran falsas denuncias. Sus defensores argumentan que buscan fortalecer garantías jurídicas. Sus críticos sostienen que esas propuestas pueden generar temor entre mujeres víctimas de violencia que ya enfrentan enormes obstáculos para denunciar.

Las estadísticas disponibles muestran que las falsas denuncias representan un porcentaje extremadamente reducido dentro del universo total de denuncias vinculadas a violencia de género, muy lejos de la percepción instalada por determinados discursos políticos y mediáticos.

Otro episodio reciente que generó debate fue el tratamiento público por la Ministra de Seguridad Alejandra Monteoliva del caso Agostina. Algunas declaraciones oficiales insistieron en la necesidad de conocer "toda la verdad" antes de caracterizar el hecho, evitando utilizar la figura de femicidio y optando por referirse al caso como homicidio.

Para amplios sectores del movimiento feminista, este tipo de posicionamientos no son una cuestión meramente terminológica.

Las palabras construyen sentido político

Nombrar un femicidio como femicidio implica reconocer que existen formas específicas de violencia ejercidas contra las mujeres por su condición de tales. Eliminar esa categoría supone, para sus críticos, diluir el fenómeno dentro de una categoría general que dificulta comprender sus causas profundas.

Por eso la discusión va mucho más allá de una palabra. Se trata de una disputa cultural.

La extrema derecha comprendió que para cuestionar consensos sociales construidos durante años no necesita enfrentarse únicamente a las mujeres organizadas. También necesita mujeres que transmitan sus ideas.

Y allí radica una de las claves de este fenómeno.

Una mujer defendiendo posiciones conservadoras puede resultar mucho más eficaz para esos espacios que cien dirigentes hombres haciéndolo.

No porque represente necesariamente a todas las mujeres, sino porque permite presentar determinadas agendas políticas como si fueran una expresión natural de los intereses femeninos.

Lo que antes aparecía como un enfrentamiento entre hombres conservadores y movimientos feministas ahora se presenta como una discusión entre mujeres.

La estrategia es evidente

Transformar demandas vinculadas a la igualdad de género en debates sobre seguridad. Transformar derechos en privilegios. Transformar desigualdades estructurales en problemas individuales. Transformar la violencia machista en una cuestión asociada exclusivamente a determinados grupos sociales o culturales.

Por eso resulta importante identificar estos procesos mientras están ocurriendo.

No se trata solamente de analizar qué dicen determinadas dirigentes, sino de comprender qué proyecto político representan y qué consecuencias pueden tener esas ideas sobre los derechos conquistados durante décadas.

Del Ni Una Menos a los movimientos europeos que impulsan la remigración existe una distancia enorme.

Pero ambos fenómenos revelan algo fundamental: las mujeres se han convertido en uno de los principales territorios de disputa política y cultural de nuestro tiempo.

La diferencia es que mientras Ni Una Menos nació para ampliar derechos, visibilizar desigualdades y combatir la violencia contra las mujeres, organizaciones como Lukreta buscan canalizar los miedos, frustraciones y malestares hacia proyectos nacionalistas, conservadores y excluyentes.

Por acción o por omisión: cuando el silencio también forma parte de la disputa cultural

Desde una mirada crítica, figuras como Bettina Angeletti, Karina Milei , Sandra Pettovello y Patricia Bullrich también forman parte de este debate cultural. No porque hayan manifestado una oposición explícita al movimiento Ni Una Menos ni porque exista una vinculación con organizaciones como Lukreta, sino porque rara vez aparecen asociadas a las principales reivindicaciones impulsadas por el feminismo argentino durante la última década.

Para algunos sectores feministas, la cuestión no se limita a las declaraciones públicas. También observan las prioridades políticas, los temas que ocupan el centro de la agenda y aquellos que permanecen ausentes. Desde esa perspectiva, tanto las acciones como los silencios pueden ser interpretados políticamente.

En ese marco, la escasa presencia de referencias públicas a consignas como Ni Una Menos, a la violencia de género o a las desigualdades estructurales que afectan a las mujeres es leída por algunos sectores como una señal de distancia respecto de las agendas feministas tradicionales.

Bettina Angeletti, vinculada profesionalmente al coaching ontológico, al liderazgo empresarial y al desarrollo organizacional, quien tristemente paso a la fama por su vida suntuosa y  ser la esposa de Manuel Adorni de quien se sospecha sobre posible enriquecimiento ilícito .

Karina Milei, el Jefe , principal armadora política del oficialismo.

Sandra Pettovello, una de las funcionarias de Capital Humano más influyentes del gobierno nacional, representan para estos análisis perfiles femeninos muy diferentes de aquellos que históricamente protagonizaron las luchas por la ampliación de derechos de las mujeres y sin dudas podemos mencionar a Patricia Bullrich quien siempre se ha parado en la vereca de enfrente a las de las mujeres que luchan por reivindicar sus derechos , si estuviera en Alemania sin dudas seria parte de Lukreta .

Precisamente allí algunos observadores encuentran una de las características centrales de las nuevas derechas: ya no necesitan confrontar permanentemente con el feminismo para disputar su influencia social. Les alcanza con promover otros modelos de liderazgo femenino, otras prioridades y otras formas de entender el papel de las mujeres en la vida pública.

La pregunta sigue abierta

Cuando una dirigente habla en nombre de las mujeres, ¿está ampliando sus derechos o contribuyendo a limitarlos? Quizás allí se encuentre una de las discusiones más importantes de esta época.

Y quizás por eso resulte tan necesario identificar de qué lado de la historia decide ubicarse cada una.

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