Cristina Libre, Mercado Preso
En Mercado Libre se vende un almohadón con la imagen de Cristina Fernández de Kirchner vestida de presa. Es grotesco, es de mal gusto y es sintomático. No es una anécdota menor ni una simple provocación: es una postal de época. Mientras una de las dirigentes más importantes de la historia argentina cumple prisión domiciliaria, el mercado hace caja con el escarnio. Y el pueblo, anestesiado, mira para otro lado. ¿Es justicia o es lawfare? ¿Es libertad de expresión o disciplinamiento político? ¿En qué momento naturalizamos que el odio sea un producto más del carrito digital?
Cuando el odio cotiza mejor que la memoria y la justicia se vende en cuotas sin interés
No es un chiste. No es humor político. No es sátira.
En la plataforma de Marcos Galperín, Mercado Libre, un usuario ofrece a la venta un almohadón personalizado con la imagen de Cristina Fernández de Kirchner vestida de presa. La publicación aclara, casi con pudor, que sólo se vendieron cinco unidades. Como si el dato suavizara algo. Como si cinco no alcanzaran para revelar el clima de época.
La imagen es grotesca, de mal gusto, y profundamente política. Porque no se trata de cualquier figura pública: hablamos de una dirigente que fue dos veces presidenta de la Nación, una vez vicepresidenta, y que hoy se encuentra bajo prisión domiciliaria tras un proceso judicial que divide aguas y conciencias.
Y acá aparece la primera pregunta incómoda:
¿qué clase de sociedad permite que el escarnio se convierta en mercancía, mientras la discusión de fondo se evapora?
Justicia, pero ¿para quién?
El pueblo argentino suele tener un termómetro bastante fino para detectar cuándo un fallo judicial es justo. El caso del exjuez Walter Bento, condenado a 18 años de prisión, es un ejemplo claro: la enorme mayoría de la sociedad lo percibió como un fallo adecuado, necesario, reparador. Un juez corrupto, condenado con pruebas, recibiendo una pena ejemplar. Ahí, la justicia pareció estar aplomada.
Ahora bien, cuando miramos el fallo contra Cristina Fernández de Kirchner, la percepción cambia. No porque se trate de una dirigente impoluta o intocable -nadie serio sostiene eso- sino porque el proceso estuvo atravesado por irregularidades, arbitrariedades y una carga política imposible de disimular.
Y ahí entra en juego una palabra que incomoda a los poderes concentrados, pero que explica demasiado bien lo que pasó: lawfare.
El lawfare como pedagogía del miedo
El lawfare no busca sólo condenar personas. Busca disciplinar sociedades. Funciona como una advertencia: "esto le pasa a quien se atreve". No es casual que la principal dirigente política del país, la que encabezó un ciclo de ascenso social, de movilidad, de expansión de derechos, termine sentada en el banquillo mientras los verdaderos ganadores del modelo concentran fortunas sin dar explicaciones.
Cristina gobernó durante años en los que millones de argentinos accedieron por primera vez a una casa, a una universidad, a vacaciones, a consumo, a futuro. Y eso -aunque algunos lo olviden- siempre fue lo más peligroso para las élites: una clase media que recuerda de dónde viene.
Porque cuando alguien asciende socialmente y olvida su origen, vota contra sí mismo. Aplaude el ajuste. Justifica el sufrimiento. Naturaliza la pérdida.
El intento de asesinato que no cerró nunca
Hay algo todavía más grave que rara vez se dice con la contundencia que merece: Cristina Fernández de Kirchner sufrió un intento de asesinato. No una amenaza. No una metáfora. Un intento real, concreto, televisado. Y el juicio posterior fue, como mínimo, bochornoso.
Jueces riéndose. Declaraciones tratadas con liviandad. Autores materiales reducidos a caricaturas. Y una cadena de responsabilidades que nunca se investigó a fondo. Porque todos saben -aunque pocos lo digan- que hubo autores intelectuales que no aparecieron en el expediente.
Nombres que flotan. Conversaciones escuchadas. El caso Miglin, con frases que helan la sangre y que, sin embargo, quedaron en la nada.
Como si el atentado hubiera sido un accidente menor, una molestia del sistema.
Mercado Libre: neutralidad que no existe
Y en este contexto aparece Mercado Libre. La empresa que se presenta como una simple plataforma, como un intermediario neutral, permite que se comercialice una imagen que banaliza una condena judicial y refuerza un relato de odio.
No es ingenuo. No es casual.
Marcos Galperín se enriqueció durante los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, y multiplicó su patrimonio durante la pandemia, cuando Cristina era vicepresidenta. Mientras el Estado sostenía el consumo, protegía el mercado interno y amortiguaba la crisis, algunos hicieron fortunas históricas.
Pero hay algo más. Algo que suele quedar oculto bajo la palabra de moda: "emprendedor".
Ese vendedor de almohadones -al que se lo presenta como libre, independiente, dueño de su destino- no tiene vacaciones pagas, no tiene aguinaldo, no tiene jubilación garantizada. No tiene sindicato, ni paritarias, ni red. Sin embargo, le paga a Galperín. Le paga por publicar, le paga por vender, le paga por cobrar.
Le paga el que fabrica el almohadón.
Le paga el fletero que lo traslada.
Le paga el que reparte.
Le paga el correo.
Todos le pagan a "Marcos ".
El riesgo es del emprendedor. La ganancia, concentrada. La precarización, romantizada. Y el odio, monetizado.
Los símbolos importan
No es sólo un almohadón.
Los pueblos que se desentienden de los símbolos terminan aceptando cualquier cosa.
Esa imagen no vende tela y relleno: vende una idea. La idea de que humillar está bien. De que castigar al que representó derechos es justicia. De que el problema fue haber vivido mejor. De que hay que mirar hacia Cristina, mientras nos sacan el sueldo, el tiempo, el descanso y el futuro.
Son signos. Son señales. Y nos están haciendo mirar para el lado equivocado.
Mientras discutimos un almohadón, nos ajustan la vida.
Mientras consumimos odio, nos recortan derechos.
Mientras nos reímos de una dirigente presa, aceptamos vivir peor.
El pueblo anestesiado
Tal vez lo más doloroso no sea el almohadón.
Tal vez lo más grave sea que una parte del pueblo lo admite sin escándalo.
Nos han anestesiado. Nos acostumbraron al ajuste, al salario que no alcanza, a la vida cada vez más chica. Nos convencieron de que el sufrimiento es necesario, casi pedagógico. Que "no había otra". Que "había que ordenar".
Y así, mientras vivimos peor, aceptamos que se humille a quien representó un tiempo donde se vivía mejor. Aceptamos que nos digan que antes estaba mal, aunque nuestros recuerdos digan lo contrario.
Cristina libre, mercado preso
Cristina está presa en su casa.
El mercado, en cambio, está preso de su propio odio.
Preso de la necesidad de disciplinar. Preso de la lógica del escarnio. Preso de una sociedad que olvidó que el bienestar no se construye con castigo, sino con justicia real.
La pregunta queda flotando, incómoda, necesaria:
¿cuándo vamos a volver a distinguir justicia de venganza, y libertad de mercado de violencia simbólica?
Tal vez cuando despertemos de esta anestesia colectiva.
Tal vez cuando recordemos que no siempre fue así.
Tal vez cuando entendamos que el ajuste no era inevitable, y que el sufrimiento nunca fue el camino.
Porque si no, seguiremos comprando almohadones,
mientras nos quitan la cama entera.