El Presidente, un peronista y una charla incómoda

Me dormí pensando cómo llegar a fin de mes y soñé con el presidente. Entre teorías económicas, broncas y preguntas incómodas, terminamos discutiendo algo simple: qué significa vivir tranquilo en una Argentina donde cada vez cuesta más hacerlo.

Periodista y analista. Escritor. Trabajó en Radio La Red Mendoza y Radio Nihuil. Participó en Radio AM 750, programa de Victor Hugo Morales.

Anoche me dormí con una ilusión bastante modesta para estos tiempos: ganar el Quini 6. Después caí en un detalle no menor: para ganar hay que jugar. O al menos participar. Pero ya era tarde y las agencias estaban cerradas.

Por Hernán Ansuini | @hernanansuini

Así que hice lo que hacemos muchos últimamente: me fui a dormir sacando cuentas. No ovejitas, cuentas. La cuota, la tarjeta, el vencimiento que viene, el que ya pasó y el milagro financiero de gambetear otro mes sin que todo se desmorone.

Tal vez por eso terminé soñando raro.

No sé bien por dónde caminaba, pero lo hacía sin rumbo. Como quien anda perdido. Quizás haber hecho tantas gambetas a las deudas, pensar una y otra vez cómo cancelarlas, me había dejado en una especie de trance.

Las calles parecían de un lugar cualquiera y de ninguno a la vez. Apenas una mezcla extraña de veredas largas, luces cansadas y un silencio demasiado ordenado para ser real.

Entre la mística de la liturgia peronista y la frialdad de las ecuaciones austriacas, el periodista Hernán Ansuini y el presidente Javier Milei se encontraron en un debate onírico donde el destino del país se jugaba en cada concepto. 

Entonces lo vi.

Venía caminando de frente, bajo el mismo aire de insomnio y pensamientos pesados. Cabello despeinado, campera de cuero, las manos moviéndose mientras parecía discutir solo, como si estuviera ensayando una entrevista imaginaria.

Lo miré dos veces.

Tenía ese gesto eléctrico. Esa mezcla de enojo permanente, intensidad y entusiasmo casi mesiánico.

Me quedé quieto un segundo.

Se parecía demasiado al presidente de la Argentina.

Me acerqué con curiosidad hacia sus pasos. Y le pregunté...

-Perdón... ¿vos sos el presidente?

El hombre frenó. Sonrió apenas, como si le causara gracia que todavía hubiera dudas.

-Depende. Si sos periodista, no. Si sos un ciudadano de bien, sí. Soy el presidente de la Argentina.

Lo miré fijo.

-¿Milei?

-El mismo. Aunque acá, en los sueños, algunos me dicen "el destructor de privilegios".

Apenas me reí.

-Bueno... no esperaba encontrarme al presidente en un sueño.

-Y yo no esperaba encontrarme con alguien que todavía quiere hablar sin pedir un cargo, un subsidio o putearme directamente. A ver, decime... ¿qué querés saber?

Me crucé de brazos.

-No sé si saber. Más bien entender. Porque te escucho y siento que vivimos en países distintos.

Milei inclinó la cabeza.

-A ver, sorpréndeme.

-Mirá... yo trabajo. Laburo mucho. No soy millonario ni quiero ser Elon Musk. Quiero vivir tranquilo. Irme de vacaciones aunque sea unos días, cambiar el auto cuando se cae a pedazos, poder invitar a mis hijos a comer afuera sin hacer cuentas mentales todo el tiempo. Pero también quiero algo: que no me vaya bien solo a mí. Quiero que todos puedan vivir dignamente.

El presidente se acomodó la campera.

-Perfecto. Y justamente eso es lo que yo quiero. Que el esfuerzo tenga recompensa.

-No parece -contesté-. Porque mientras algunos festejan el equilibrio fiscal, hay gente con el estómago vacío.

Milei levantó un dedo, como en televisión.

-Ahí está el problema conceptual. Durante décadas les hicieron creer que imprimir billetes generaba bienestar. No. Eso generó pobreza disfrazada. Vos querés vacaciones, auto, tranquilidad... perfecto. Pero primero hay que ordenar el desastre.

-¿Y cuánto dura el "primero"? -pregunté-. Porque siempre al que trabaja le dicen que espere. Esperá porque hay crisis. Esperá porque hay ajuste. Esperá porque después viene el derrame. Y el derrame parece delivery: siempre está "en camino".

Milei soltó una carcajada inesperada.

-Buena esa.

-No es chiste.

El presidente me miró serio por primera vez.

-No, ya sé que no. Pero escuchame: el país estaba quebrado.

-Puede ser -dije-. Pero hay algo que no entiendo. ¿Por qué el sacrificio parece caer siempre sobre los mismos? Porque yo veo al laburante ajustándose, al jubilado ajustándose... y a otros sectores no tanto.

Él respiró profundo.

-Porque el Estado era una máquina de privilegios.

-Pero yo no era privilegiado -respondí-. El maestro tampoco. El médico del hospital tampoco. El jubilado menos. Ahí es donde siento que hablás de una casta tan grande que termina metiendo adentro a cualquiera que cobre un sueldo.

Milei quedó callado unos segundos. En el sueño, incluso el viento parecía esperar su respuesta.

-¿Sabés qué pasa? -dijo al fin-. Ustedes creen que soy cruel.

-A veces pareciera que disfrutás la pelea.

Él sonrió.

-Eso puede ser.

-Pero te lo digo en serio -continué-. Yo no quiero un país fundido. Entiendo lo de la inflación. Entiendo que no se puede gastar eternamente. Pero también pienso algo: si el mercado acomoda todo, ¿qué pasa con el que queda abajo? Porque no todos arrancan igual. Hay gente que nace corriendo una carrera desde cien metros atrás.

Milei se quedó mirando un edificio donde un cartel titilaba: "Bienvenidos al país de las promesas incumplidas".

-Yo creo en la libertad -dijo-. Y creo que la riqueza se genera cuando dejás respirar al que produce.

-Yo también creo en el esfuerzo -contesté-. Pero no creo que alcance solo con eso. Porque hay gente que trabaja doce horas y sigue siendo pobre. Ahí algo no cierra.

El presidente me observó como si recién me estuviera midiendo.

-Entonces vos no sos socialista.

-No.

-¿Peronista?

Lo dije simple.

-Sí. Peronista.

Algo cambió.

No fue inmediato, pero lo vi en su la cara. La expresión se endureció. La sonrisa se apagó como una luz que alguien desenchufa.

Se acomodó la campera.

-Ah... claro. Ahora entiendo.

Ya no sonaba curioso. Sonaba defensivo. Como si hubiera identificado al adversario.

-¿Entender qué? -pregunté.

-Que venís con el chip de la justicia social, del Estado presente, del "hay derechos para todos" aunque no haya plata ni productividad. El mismo verso de hace décadas.

La palabra verso quedó flotando.

-Pará -le dije-. Yo no vine a recitar doctrina. Vine a hablar de cómo vive la gente. Sos vos quien gobierna y debe generar las condiciones para que todos vivamos bien.

-¡Pero justamente! -interrumpió, elevando el tono-. Ustedes hablan de la gente mientras destruyen los incentivos para producir riqueza. ¿Sabés cuántos años arruinaron este país? ¡Décadas! Déficit, inflación, clientelismo... hicieron creer que el Estado podía regalar bienestar.

Ahora sí era él.

El de los escenarios. El de las entrevistas.

La energía se había vuelto eléctrica.

Milei me miró fijo. Ya no había curiosidad en el gesto. La conversación había cambiado de clima.

-Dejame frenarte ahí porque estás partiendo de una premisa equivocada. Y no es un detalle menor: es un error conceptual gigantesco. ¡Grave!

Se acomodó la campera, empezó a caminar de un lado a otro mientras hablaba, como si estuviera otra vez en un estudio de televisión.

-Esa idea de que "quien gobierna debe generar las condiciones para el bienestar" es exactamente el problema que destruyó a la Argentina durante décadas. Es la lógica del Estado paternalista. ¿Entendés? El Estado no produce riqueza. No genera valor. Cada vez que el Estado "te da" algo, antes tuvo que sacárselo a otro mediante impuestos. O sea, no te está regalando nada: está redistribuyendo compulsivamente el esfuerzo ajeno.

Me señaló con el dedo, aunque no con agresividad física, sí con intensidad.

-Y ojo, porque yo entiendo tu planteo. Vos querés trabajar, cambiar el auto, irte de vacaciones, ir al teatro, vivir tranquilo, criar a tus hijos con dignidad. ¡Me parece fantástico! De hecho, eso es exactamente lo que debería permitir una sociedad libre. Pero la dignidad no te la da un político sentado en un escritorio firmando decretos. La dignidad viene del fruto de tu propio trabajo, en un sistema donde no te revienten a impuestos ni te destruyan el salario emitiendo billetes sin respaldo.

El viento del sueño parecía girar alrededor mientras seguía acelerando el tono.

-Mi trabajo no es darte felicidad. No soy un repartidor de bienestar. Mi trabajo es sacar las cadenas que te impiden progresar. Achicar el gasto público, pulverizar la inflación, desregular la economía, devolverle libertad al que produce. Porque cuando el Estado deja de asfixiar, aparecen la inversión, el crédito, el empleo, la competencia. Y ahí sí tu sueldo empieza a valer de nuevo.

Hizo una pausa corta.

-El bienestar es consecuencia de la libertad individual, no un favor del gobierno.

Yo iba a responder, pero él siguió, como si anticipara la réplica.

-Ahora, además me hablás de justicia social... ¡Pero por favor! ¡La justicia social es una aberración conceptual!

Algunas luces del sueño empezaron a titilar.

-¿Por qué? Porque para darle a alguien algo que no produjo, primero tenés que sacárselo a otro que sí lo produjo. Entonces terminás castigando al que trabaja, al que invierte, al que genera riqueza. Eso no es justicia. La solidaridad verdadera es voluntaria; con tu plata, no con la plata de otro administrada por políticos.

Levantó las manos, exasperado.

-Y no me vengas con eso de "el Estado somos todos", porque no es verdad. El Estado es un aparato burocrático que históricamente capturaron políticos, sindicalistas mafiosos y empresarios amigos del poder para vivir de los impuestos de gente como vos. Cada intervención estatal supuestamente hecha para corregir desigualdades termina generando más pobreza, más escasez y más dependencia.

Me vio fruncir el ceño y remató:

-¡El mercado coordina mucho mejor que cualquier burócrata! Los precios transmiten información. Si algo hace falta, alguien lo produce porque hay incentivo económico. Así funciona una sociedad moderna.

Señaló una autopista extraña que cruzaba el cielo del sueño.

-Y no me digas lo de las rutas o la infraestructura como si fuera el gran argumento. Si una obra es realmente necesaria, el sector privado tiene incentivos para construirla. Lo que hizo históricamente la obra pública estatal fue alimentar corrupción, retornos y negociados. ¿O me vas a decir que no vimos rutas pagadas mil veces y nunca terminadas?

La voz ya tenía esa mezcla de indignación y convicción absoluta.

Hizo silencio apenas un segundo.

-Las sociedades más prósperas no son las que tienen ministerios para todo y Estados gigantescos. Son las que respetan la propiedad privada, tienen reglas claras y dejan respirar al que produce.

Después se acercó un poco, bajando apenas el tono, aunque seguía tenso.

-Entonces decime algo, y te lo pregunto de verdad: si el Estado grande y la famosa justicia social funcionaban tan bien, ¿por qué después de décadas terminamos con inflación, pobreza y gente laburando sin llegar a fin de mes? ¿No será que el remedio que defendés terminó siendo la enfermedad?

El sueño quedó en silencio.

-El que gobierna sos vos -le dije, cansado ya de la teoría-. Insisto: yo soy periodista, laburante y peronista. Podés cambiar el orden económico, romper paradigmas, alterar las reglas... y voy a seguir siendo el mismo tipo. Uno que quiere vivir tranquilo, ser feliz, irse unos días de vacaciones cuando se pueda, cambiar el auto sin hipotecar la vida, llegar a fin de mes sin miedo. Y además quiero algo más: que todos podamos vivir así.

El presidente no interrumpió esta vez.

Apenas frunció el ceño.

Yo seguí.

-Y te digo algo con honestidad: no te está yendo muy bien con tus teorías. El país se cae a pedazos y vos seguís teorizando. La gente está cansada, angustiada, cagada de hambre. Hay negocios que cierran, tipos laburando más y viviendo peor. Parece que mucho no te importa lo que pasa en la calle.

Ahí cambió el aire otra vez.

Milei frenó en seco.

Se dio vuelta lentamente.

La mandíbula tensa.

-¿No me importa? -repitió, seco.

Se acercó un paso.

-¿Vos de verdad creés que no me importa? ¿Sabés lo fácil que sería para mí hacer populismo berreta? Emitir plata, congelar precios, regalar subsidios y hacer como que todo está bien durante seis meses para después dejar una bomba más grande. ¡Eso sí sería no importarme la gente!

Ahora hablaba fuerte.

No gritaba todavía.

Pero estaba cerca.

-El país no se está cayendo a pedazos porque yo llegué con una motosierra -continuó-. El país ya estaba detonado. Recibimos una economía al borde de la hiperinflación, precios reprimidos, déficit monstruoso, un Banco Central destruido y generaciones enteras acostumbradas a sobrevivir en vez de progresar. ¿Y vos me pedís que arregle eso sin dolor? ¡Eso no existe!

Levantó las manos, frustrado.

-¿Sabés cuál es el problema? Que ustedes quieren resultados inmediatos de problemas estructurales creados durante décadas. Yo no vine a administrar decadencia; vine a cambiar un sistema que fracasó.

Lo miré fijamente sin moverme.

-Pero la gente vive hoy -le dije-. No vive en la teoría de dentro de diez años.

Eso lo hizo callar un segundo.

Uno breve.

-La heladera está hoy -continué-. El alquiler es hoy. El jubilado compra remedios hoy. El laburante no puede esperar eternamente a que el mercado acomode todo. Porque mientras tanto, la vida pasa. Y hay gente que ya no tiene resto.

El silencio del sueño se volvió espeso.

Hasta los edificios parecían inclinarse a escuchar.

Milei respiró profundo.

-¿Y vos qué proponés? -preguntó, más bajo, aunque todavía duro-. ¿Volver a emitir? ¿Más déficit? ¿Más relato? Porque eso ya lo vimos.

Negué con la cabeza.

-No. Propongo algo más simple. Gobernar mirando menos los gráficos y más las caras. Porque los números importan, sí. Pero un país no es una planilla de Excel. Es gente. Gente cansada, con miedo, con esperanza. Y vos sos el presidente. No un panelista de televisión. El que tiene el poder sos vos.

Eso le pegó.

No porque estuviera de acuerdo. Sino porque, por primera vez desde que empezó la discusión, no encontró una respuesta instantánea.

Miró hacia un costado.

La ciudad del sueño estaba rara: de un lado había carteles de "Déficit Cero"; del otro, persianas bajas.

Dos Argentinas discutiendo en la misma cuadra.

-Mirá -dijo finalmente-. Yo no voy a pedir perdón por intentar arreglar un desastre.

-Y yo no voy a pedir perdón por recordarte que gobernás personas -respondí.

Nos quedamos callados.

Él parecía molesto.

Yo también.

No estábamos discutiendo economía. Era algo mucho más incómodo:

qué precio puede pagar una sociedad mientras espera que una idea funcione.

A lo lejos aparece un colectivo con el cartel luminoso:

"Próxima parada: realidad".

Sonó el despertador. El maldito despertador...

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