Cárceles: castigar o transformar - tres modelos, una misma pregunta
Comparan modelos penitenciarios y vuelven a tropezar con la misma evidencia: donde hay dignidad, vínculo social y responsabilidad asumida, la reincidencia baja. Donde hay encierro degradante y abandono, el delito se reproduce.
Mientras Alemania y Noruega ensayan caminos de resocialización con resultados medibles, Argentina -y en particular Mendoza- arrastra un sistema que parece producir lo contrario de lo que declara.
Hablan de cárceles y, en el fondo, están hablando de qué sociedad quieren ser. Si una que castiga hasta borrar o una que intenta -con dificultad, con contradicciones- recuperar. No es una discusión nueva, pero cada tanto aparece un dato que obliga a mirarla de nuevo.
En Alemania, por ejemplo, los números incomodan: alrededor del 35 % de los liberados reincide. No es un sistema brutal en términos clásicos, pero tampoco logra quebrar el ciclo. Ahí es donde comenzaron a probar, casi en silencio, con experiencias comparativas: personas con historias prácticamente calcadas -mismo delito, misma marginalidad de origen, mismas adicciones- separadas por el tipo de régimen. Unos en encierro estricto; otros en sistemas abiertos.
El resultado no es ideológico, es empírico: quienes pasan por regímenes abiertos -donde pueden salir a trabajar, mantener vínculos, sostener cierta vida social- tienen aun un 43% menos de probabilidades de reincidir que quienes permanecen en reclusión absoluta. No es indulgencia: es método.
El dato rompe una intuición muy instalada en nuestras sociedades: que más encierro equivale a más seguridad. La evidencia sugiere lo contrario. A mayor aislamiento, menor socialización; a menor socialización, mayor dificultad para reinsertarse. Y lo que no se reinserta, vuelve.
Allí aparece una práctica incómoda pero reveladora: la mediación entre víctima y victimario. No siempre es posible. No siempre es deseable. Pero cuando ocurre, el impacto es profundo. El detenido deja de hablar en abstracto y se enfrenta con el daño concreto: el cuerpo, la historia, la vida alterada del otro.
En ese encuentro -cuando sucede- aparece algo que ninguna celda produce: la comprensión real de la culpa.
En Noruega decidieron ir más lejos, consideradas las mejores carceles del mundo. En los años noventa, cuando el mundo endurecía discursos, ellos apostaron a lo que muchos consideraron ingenuidad: humanizar el castigo.
A eso le suman condiciones materiales que, vistas desde este lado del mundo, parecen un exceso: el Estado invierte alrededor de 300 euros diarios por persona privada de libertad, mientras que en Alemania solo 200 euros por persona. No para premiar, sino para reconstruir. Conviven con personal penitenciario, cocinan, dialogan, reciben a sus familias, sostienen vínculos afectivos. Trabajan en tareas que eligen y que dignifican.
El resultado vuelve a ser incómodo: la reincidencia ronda el 20%.
No es magia. Es coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.
Cuando bajan a Argentina, la discusión cambia de tono. Aquí también se habla de resocialización, pero el sistema real parece orientado a otra cosa.
Las tasas de reincidencia son altas -distintas mediciones las ubican en torno al 48% o más, según jurisdicción y período- y el contexto explica bastante. No todo, pero bastante.
En Mendoza, el diagnóstico ya lo conocen: hacinamiento estructural, deterioro edilicio, servicios básicos deficientes. La cárcel de Boulogne Sur Mer y el complejo San Felipe aparecen una y otra vez en informes y denuncias: baños inutilizables, falta de agua caliente, alimentación de mala calidad, escasas oportunidades de formación o trabajo.
Se paga caro un sistema que ofrece poco. Y lo poco que ofrece, no alcanza para modificar trayectorias.
Porque el problema no empieza en la cárcel, pero la cárcel puede agravarlo o revertirlo. Si el entorno de origen es determinante -como tantas veces se repite-, entonces el paso por el sistema debería compensar, no profundizar esa desigualdad.
Sin embargo, ocurre lo contrario: el encierro termina funcionando como una escuela de reincidencia.
No por maldad individual, sino por diseño estructural.
Algunos datos más actuales muestran el gasto verdadero (mucho más alto):
En CABA: $83.576 por día por preso
En provincias (ej. Tierra del Fuego):
$ 1.620.000 por mes $54.000 por día
Promedio realista Argentina hoy
$50.000 - $85.000 por día por preso
En euros:
$50.000 €42
$85.000 €70
Costo real país:
€ 40 - €70 por preso por día
Mendoza - ¿cuánto cuesta?
No hay un dato diario oficial reciente publicado como en CABA, pero se puede inferir:
Solo la comida ronda más de $1.100 por ración (dato parcial) Siguiendo el patrón nacional/provincial, Mendoza se ubica dentro del mismo rango
Estimación razonable Mendoza:
$40.000 - $70.000 por día por preso
En euros:
€ 33 - €58 por día
Entonces la pregunta vuelve, inevitable: ¿para qué sirve la cárcel?
Si es sólo para castigar, el modelo actual -con sus variaciones- cumple. Pero si es para reducir el delito, los datos de Alemania y, sobre todo, de Noruega obligan a incomodarse.
No se trata de copiar modelos sin contexto. Se trata de entender principios: dignidad, responsabilidad, vínculo social, trabajo con sentido.
Porque, al final, todos vuelven. La diferencia es cómo vuelven.
Y esa diferencia -silenciosa, persistente- es la que define si la cárcel protege a la sociedad o si, lentamente, la pone en riesgo otra vez.