OPINIÓN

Alquimistas del desasosiego: poder, anestesia y enfermedad social

En un escenario mundial atravesado por guerras, desigualdad y discursos cada vez más agresivos, emergen liderazgos y fenómenos sociales que parecen operar como verdaderos "alquimistas" del malestar. Desde la concentración de la riqueza hasta el avance de las adicciones farmacológicas y el colapso de la salud mental, el deterioro ya no distingue clases ni profesiones. Argentina no es la excepción.

Adrián Characán

Entre la violencia política, el deterioro económico y las fugas químicas del dolor, una sociedad global que se enferma en silencio. No se trata de nombres aislados ni de geografías lejanas. Se trata de una lógica. Una matriz que se replica. Una alquimia oscura que transforma angustia en obediencia, miedo en silencio y frustración en violencia.

Alquimistas del desasosiego: poder, anestesia y enfermedad social.

En ese tablero global aparecen figuras como Donald Trump, Benjamín Netanyahu y Javier Milei. Distintos contextos, distintos estilos, pero una coincidencia inquietante: el uso sistemático de la confrontación, la simplificación brutal de la realidad y la construcción de enemigos como método de cohesión social.

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En tiempos de guerra -como el conflicto en Medio Oriente bajo el mando de Netanyahu-, de polarización extrema -como la que aún divide a Estados Unidos tras el paso de Trump- y de ajuste económico feroz -como el que atraviesa Argentina bajo Milei-, las sociedades comienzan a exhibir síntomas. No metáforas: síntomas concretos.

La incertidumbre, el endeudamiento y la pérdida de horizontes empujan a millones a una vida cada vez más exigente y menos habitable.

La depresión, la ansiedad y la angustia ya no son excepciones clínicas: son parte del paisaje cotidiano. En Argentina, distintos estudios coinciden en que entre 3 y 4 de cada 10 personas presentan síntomas compatibles con trastornos de ansiedad o depresión, con picos aún más altos en contextos de crisis económica. La incertidumbre, el endeudamiento y la pérdida de horizontes empujan a millones a una vida cada vez más exigente y menos habitable.

Pero el fenómeno no se agota en lo emocional. También avanza sobre lo químico.

En los márgenes -y a veces en el centro mismo del sistema- comienzan a aparecer episodios inquietantes: profesionales de la salud atrapados en adicciones de alta complejidad. En febrero, un anestesiólogo fue hallado muerto tras antecedentes de consumo problemático. Días atrás, un enfermero fue también hallado muerto con fentanilo y otras drogas similares, una sustancia que en países como Estados Unidos ya ha provocado una crisis sanitaria sin precedentes.

Sin dejar de recordar el fentanilo contaminado por falta de control estatal, que le costó la vida a más de 100 personas.

No es un dato menor: quienes conocen el dolor desde la ciencia terminan, muchas veces, anestesiándose a sí mismos.

La referencia cultural no es nueva en la película "Línea mortal"- se exploraba esa pulsión por llevar el cuerpo al límite, morir y regresar. Hoy, ese experimento parece haberse desplazado del laboratorio a la vida cotidiana, en versiones más precarias, más clandestinas y más peligrosas, como en la película de los 90 con Julia Robert.

En paralelo, otro indicador alarma: el aumento de suicidios en fuerzas de seguridad. Hombres y mujeres armados, sometidos a presión constante, con escaso acompañamiento psicológico, que muchas veces terminan siendo víctimas de la misma violencia que deben contener.

El dato reciente estremece: una agente policial que, en un vehículo de aplicación de Uber, abrió fuego e hirió a cinco personas. No es un hecho aislado. Es la expresión de una cadena de descomposición.

La pregunta ya no es qué está pasando, sino cuánto más puede sostenerse.

Porque la enfermedad social no distingue títulos ni ingresos. Atraviesa médicos, policías, trabajadores, estudiantes. También niños. También escuelas, como el reciente caso ocurrido en un pueblo de Santa Fe donde un joven de 15 años ingresó armado y disparó contra un niño de 13 años. También familias enteras que viven al borde.

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Y en ese contexto, el discurso importa

Cuando desde el poder se instala la agresión como lenguaje, el insulto como herramienta política y la descalificación como norma, el tejido social se resquebraja. No es inocuo. No es anecdótico. Es estructural.

En 2023, la Asociación de Psiquiatras Argentinos solicitó formalmente evaluar la salud mental del presidente Javier Milei. El planteo no prosperó. Quedó en un pedido. En un gesto. En una advertencia sin consecuencias. Pero los síntomas siguen ahí.

El retiro del Estado: cuando la prevención deja de existir

En ese proceso de achicamiento del Estado -que algunos venden como eficiencia, como modernización, como orden- no sólo se abandona la obra pública o la infraestructura visible. No es únicamente la ruta que no se repara, la calle que se rompe o el hospital que se queda sin insumos. Hay algo más profundo, más silencioso y mucho más peligroso: se desmantela la prevención.

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Y un sistema sanitario, si no previene, deja de ser sistema. Se convierte en una sala de urgencias permanente, en un parche tardío. La salud no empieza en el quirófano ni en la guardia; empieza mucho antes, en el acompañamiento, en lo comunitario, en lo psíquico, en lo social.

Pero eso también está siendo arrasado.

Programas de rehabilitación para personas con consumos problemáticos, redes de contención territorial, equipos interdisciplinarios que trabajaban en salud mental... todo eso se ha ido desarmando, muchas veces sin ruido, sin titulares, sin explicación. Y ahí es donde el daño se vuelve irreversible.

Porque cuando el Estado se retira de esos lugares, no queda un vacío neutro. Queda un abismo.

Las familias, solas, hacen lo que pueden. Pero muchas veces no alcanza. No tienen herramientas, no tienen recursos, no tienen respaldo. Y entonces esas personas -hombres y mujeres atravesados por la angustia, por la adicción, por la desesperación- quedan al borde de una cornisa. Una cornisa sin red. Sin contención. Sin nadie que los sostenga cuando empiezan a caer.

Y todo esto ocurre en nombre de "achicar el Estado".

Pero ya no se trata sólo de ajustar números o recortar partidas. Hay algo más oscuro en juego. Algo más hostil. Porque cuando se abandona sistemáticamente a los sectores más vulnerables, cuando se los empuja fuera del sistema, cuando se los deja librados a su propia suerte, el mensaje implícito es brutal: si no pueden sostenerse, no importa si caen.

Es una lógica que deja de combatir la pobreza para empezar a convivir con su eliminación por descarte.

Y en ese descarte no hay distinción clara de clases. Porque cuando se rompen las redes de contención, cualquiera que no esté firmemente agarrado -la clase media precarizada, incluso sectores que creían estar a salvo- puede deslizarse hacia ese mismo vacío.

El abandono estatal ya no es una consecuencia. Es un método.

Sistemático. Profundo. Y, sobre todo, peligrosamente naturalizado

Como una alquimia invertida, donde en lugar de oro se produce desgaste, fragmentación y enfermedad. Donde el dolor no se resuelve: se administra. Donde la salida no aparece y la anestesia -química, mediática o ideológica- se vuelve el único refugio.

La historia demuestra que las sociedades pueden enfermarse. Lo que aún está en discusión es si sabrán, a tiempo, cómo curarse.

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