Ahogados en el slop: Internet está muriendo y no nos dimos cuenta, entre IA basura y gemelos digitales del poder
Un documental de Deutsche Welle advierte que Internet podría estar entrando en una etapa de degradación por la proliferación de contenido generado por inteligencia artificial: imágenes, videos, noticias falsas y material automatizado que saturan las plataformas y erosionan la confianza en la información. En ese escenario Javier Milei junto a Sandra Pettovello ponen en marcha "gemelos digitales" en el ámbito estatal: sistemas de inteligencia artificial orientados a simular escenarios y generar predicciones para la toma de decisiones públicas. La tensión aparece entre un ecosistema digital cada vez más contaminado por contenido sin verificación y la creciente apuesta a modelos predictivos basados en IA para anticipar políticas y decisiones.
La inteligencia artificial, la basura digital y el riesgo político de una sociedad manipulada
La basura infinita . Durante décadas, internet fue presentado como la gran biblioteca universal. Un territorio democrático donde cualquiera podía acceder al conocimiento, aprender, investigar o expresarse. Muchos llegaron a compararlo con la invención de la imprenta o la escritura. Y quizás no exageraban.
Pero algo empezó a pudrirse.
El documental muestra cómo las plataformas están siendo colonizadas por contenido generado automáticamente mediante inteligencia artificial. Imágenes absurdas de "Jesús camarón", ancianos musculosos construidos con IA, bebés deformes rezando, soldados falsos, animales imposibles, videos pseudoperiodísticos, canciones sintéticas y perfiles que no pertenecen a nadie.
No buscan informar. Buscan reacción. Indignación. Ternura. Bronca. Miedo. Lo que sea con tal de conseguir un clic.
A esa avalancha de residuos digitales hoy muchos la llaman "slop". Basura. Engrudo algorítmico. Contenido sin alma ni sentido, producido en masa para alimentar sistemas automáticos de monetización. Y lo más grave es que las propias plataformas lo financian
Esto revela cómo operadores en países de África y Asia producen contenido basura para Facebook utilizando herramientas automatizadas. Cuando una publicación se vuelve viral, la plataforma paga. Es decir: el negocio no es la verdad ni la calidad. El negocio es la atención. Mientras más grotesco, más rentable.
El algoritmo ya no quiere personas: quiere adictos
Las redes sociales dejaron hace tiempo de ser espacios de encuentro. Hoy funcionan como laboratorios emocionales.
Los algoritmos aprenden qué nos enfurece, qué nos deprime, qué nos excita o qué nos obsesiona. Y una vez que lo descubren, nos empujan más de eso. No importa si es falso. No importa si destruye vínculos sociales o degrada el debate público. Lo importante es que no dejemos de mirar.
En ese contexto, la inteligencia artificial representa una mutación histórica. Antes hacía falta un ejército de trolls, operadores mediáticos y granjas de cuentas falsas para instalar tendencias. Hoy una sola persona puede generar miles de imágenes, voces y videos artificiales en cuestión de minutos. La mentira industrializada.
El propio Donald Trump ha utilizado inteligencia artificial para recrearse en imágenes con rasgos mesiánicos, incluso con estética cercana a la figura de Jesús.
Y, en Argentina, Javier Milei también recurrió a estas herramientas para mostrarse como un león con motosierra que "salva" al país o para modificar fotografías personales que buscaban transmitir una supuesta infancia feliz junto a su hermana, cuando la foto original refleja algo distinto.
Y el problema ya no es solamente distinguir qué es real. El problema es que, lentamente, dejamos de preguntárnoslo.
Argentina: el laboratorio perfecto
En la Argentina, el riesgo adquiere otra dimensión. Porque hablamos de un país golpeado económicamente, fragmentado socialmente y sometido durante décadas a operaciones mediáticas permanentes. Un país donde buena parte de la población fue convencida de votar políticas que atentaban directamente contra sus propios intereses materiales. Ahí aparece una pregunta incómoda:
¿Hasta qué punto la manipulación digital ya condicionó nuestra democracia?
Durante el ascenso de Mauricio Macri se discutió ampliamente el uso de segmentación de datos y campañas digitales vinculadas al escándalo de Cambridge Analytica. Aquella empresa utilizaba información psicológica y conductual de millones de usuarios para dirigir propaganda política personalizada.
No hacía falta convencer a todos. Bastaba con encontrar las emociones correctas para cada sector social. Miedo. Bronca. Odio. Frustración.
Y hoy la inteligencia artificial lleva ese mecanismo a una escala mucho más peligrosa.
Con IA ya no se necesitan estudios televisivos, periodistas, fotógrafos ni actores reales. Se pueden fabricar testimonios falsos, audios apócrifos (Por ejemplo, los recientes audios atribuidos a Javier Milei junto a una mujer identificada como Rosemary Maturana, de tono íntimo y sexual, cuya autenticidad aún genera controversias públicas y judiciales, muestran hasta qué punto la manipulación, edición o posible clonación de voces mediante inteligencia artificial puede transformarse en un problema institucional e incluso rozar cuestiones vinculadas a la seguridad presidencial), imágenes manipuladas y discursos inexistentes con un nivel de realismo que crece día a día.
Hace apenas unos días, actores argentinos encabezados por Ricardo Darín participaron de campañas alertando sobre el uso ilegal de voces e imágenes mediante inteligencia artificial. La preocupación atraviesa a toda la industria cultural: cualquiera puede ser clonado digitalmente.
Si eso ya ocurre con artistas, ¿qué impediría fabricar declaraciones falsas de dirigentes políticos en plena campaña electoral?
El presidente Javier Milei presentó el "Gemelo Digital Social"
Una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por el Ministerio de Capital Humano que conduce Sandra Pettovello. El sistema utilizará grandes bases de datos sociales, laborales y económicas para simular escenarios y anticipar el impacto de políticas públicas antes de aplicarlas.
Sin embargo, también aparecen cuestionamientos sobre hasta qué punto resulta prudente basar decisiones que afectan a millones de personas en sistemas todavía experimentales. Sobre todo en un contexto social crítico, donde muchas familias denuncian haber sido desplazadas o abandonadas por el propio Estado. La discusión pasa por si una inteligencia artificial puede realmente comprender la dimensión humana de la pobreza, la exclusión o el sufrimiento social más allá de los datos y estadísticas.
Cristina, demonización y guerra emocional
La Argentina ya conoce la lógica de la demonización mediática.
Durante años, Cristina Fernández de Kirchner fue convertida en un objeto de odio permanente mediante titulares, montajes televisivos, operaciones judiciales y manipulación simbólica. El objetivo nunca fue solamente discutir políticas públicas. El objetivo fue emocional.
Asociarla con corrupción, decadencia, resentimiento o peligro.
La inteligencia artificial podría multiplicar esa maquinaria hasta niveles desconocidos. Videos falsos. Audios inventados. Imágenes hiperrealistas. Discursos fabricados. Y todo circulando a velocidades imposibles de controlar. Porque el nuevo ecosistema digital no premia la verdad. Premia la viralización.
La derecha del espectáculo permanente
El fenómeno también explica parte del ascenso contemporáneo de figuras como Javier Milei. La política convertida en streaming. El insulto transformado en contenido. La agresión como entretenimiento. La simplificación extrema de problemas complejos.
La lógica algorítmica necesita exageración permanente. Necesita conflicto constante. Necesita personajes disruptivos que generen clics, memes y viralidad.
Y en ese terreno, las derechas radicalizadas encuentran una ventaja enorme.
Mientras la sociedad discute escándalos fabricados, peleas absurdas o tendencias virales, los recursos estratégicos se privatizan, el trabajo se precariza y la soberanía económica se diluye silenciosamente.
La distracción ya no es un efecto secundario. Es el modelo de negocios.
El trabajo también entra en zona de demolición
La otra cara del fenómeno es laboral. La inteligencia artificial ya reemplaza redactores, diseñadores, traductores, músicos, ilustradores, operadores de atención al cliente y trabajadores administrativos.
Pero además destruye algo menos visible: el valor social del conocimiento humano.
¿Por qué pagar periodistas si una máquina produce veinte notas por minuto?
¿Por qué contratar fotógrafos si una IA crea imágenes falsas?
¿Por qué invertir en cultura si el algoritmo premia basura emocional de consumo rápido?
El resultado es una internet cada vez más vacía, más repetitiva y más automatizada.
Una red donde los humanos empiezan a desaparecer detrás de contenido producido por máquinas para otras máquinas.
¿Internet muerto?
La llamada "Dead Internet Theory" sostiene que gran parte del tráfico digital ya no proviene de personas reales, sino de bots, automatizaciones y sistemas artificiales. Aunque muchas versiones de esa teoría caen en exageraciones conspirativas, el crecimiento explosivo del contenido generado por IA volvió imposible ignorar la discusión. La pregunta ya no parece tan absurda.
¿Y si internet dejó de ser un espacio humano?
¿Y si las redes sociales ya no reflejan sociedades reales, sino sistemas automáticos optimizados para manipular emociones?