Memoria: Un imperativo ético
Cada 24 de marzo es la evocación de una herida abierta que se niega a cicatrizar en el olvido. La memoria trasciende el recuerdo del pasado y se constituye en una herramienta vital, imborrable, indeleble.
Cada 24 de marzo, en Argentina, no conmemoramos una fecha cualquiera en el calendario: es la evocación de una herida abierta que se niega a cicatrizar en el olvido. El Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia nos interpela con firmeza; nos desafía a mirar hacia atrás con honestidad y a proyectar el futuro con responsabilidad ineludible.
La democracia que supimos conseguir, a 50 años del golpe cívico-militar.En un contexto donde últimamente sólo se discuten cifras, como si los números pudieran cuantificar el sufrimiento, es fundamental regresar a lo esencial: detrás de cada persona desaparecida hubo una vida plena, un proyecto truncado, una familia destrozada y lo que es peor: detrás de una Argentina intimidada, amenazada, desestabilizada hubo una sociedad fracturada, donde la desconfianza se había instalado en los vínculos más básicos y la institucionalidad parecía desmoronarse frente a la inminencia del autoritarismo. Tengo que decir que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
La relativización de estos hechos, antes y ahora, no es un acto inocente, sino una estrategia moderna de olvido; un olvido que en sociedades marcadas por el horror nunca es neutral, pues siempre favorece a quienes prefieren una narrativa incompleta y convenientemente sesgada. Esta construcción no es azarosa: es el producto de los generadores del miedo, que transforman la complejidad histórica en una amenaza abstracta para justificar el notable retroceso que marca la siembra de las dudas. La memoria trasciende el recuerdo del pasado y se constituye en una herramienta vital, imborrable, indeleble. Nos permite comprender nuestras raíces para decidir con criterio y compromiso quiénes deseamos ser. Sin memoria, la democracia se vuelve vulnerable y superficial, incapaz de reconocer las señales que una vez la amenazaron. Recordar no implica estancarse, sino reafirmar un compromiso activo y permanente con el "Nunca Más".
La incompletud de la memoria completaEn esta trama, el periodismo ha desempeñado -y debe continuar desempeñando- un papel crucial. En los momentos más oscuros fue una de las pocas luces que intentó romper el silencio impuesto. Hoy, tiene la obligación de ser una trinchera fundamental contra la desinformación, la tergiversación y la banalización del terrorismo de Estado. Ejercer el periodismo con rigor y responsabilidad en este contexto significa no solo informar, sino también preservar la verdad, los "sentires", y los relatos más allá de "esos" relatos que nos hablan de una Argentina que no queremos ni conocemos. No puede hablarse de memoria sin mencionar el protagonismo de las mujeres. Fueron ellas quienes, en la mayoría de las ocasiones, sostuvieron la búsqueda cuando todo parecía perdido. Madres, Abuelas, hermanas, esposas e hijas transformaron el dolor en acción colectiva, organización y ejemplo mundial. Gracias a su incansable lucha, la memoria en Argentina no es solo un acto simbólico, sino una práctica constante, persistente y profundamente humana, casi uterina. En la actualidad, cuando el ruido de lo inmediato amenaza con diluir lo esencial, detenernos a recordar se convierte en un acto revolucionario. Porque recordar implica asumir una postura: afirmar que la vida, la verdad y la justicia son valores irrenunciables que nos atraviesan. En definitiva, significa comprender que una sociedad sin memoria está destinada a repetir sus capítulos más oscuros. Conmemorar no es solo mirar hacia atrás; es plantar bandera frente a los que pretenden reescribir nuestra historia. Es un compromiso ineludible con los que faltan y con los que siguen buscando, pero sobre todo, es un imperativo ético con el futuro. La memoria es el único refugio que nos queda contra la repetición; sin ella, el porvenir está huérfano y la verdad, a merced de sus verdugos.