Dos siglos y una década después de la aparición de la Gazeta de Buenos Aires, fundada por Mariano Moreno, órgano de difusión de la revolución que inspiró la emancipación, lo que podría haber sido una celebración glamorosa o un festejo épico, se convirtió en un desencuentro fenomenal.

Dispersos. Cada cual detrás de su pantalla, pero todos (y todas) conectados como jamás nunca, periodistas profesionales, periodistas practicantes, periodistas ocasionales, periodistas improvisados y periodistas involuntarios, confundidos  entre una inmensa oferta de medios y redes, tantos que lo único que puede ordenar la preferencia es el azar.

Esto, que bien podría ser igual que en años anteriores, es diferente y no por alguna evolución del oficio o profesión, sino por la aparición de un virus  -invisible como todos- pero universal y con una eficacia de transmisión que supera a la CNN.

Ningún otro acontecimiento en la historia de la humanidad ha concitado como el Covid-19 la atención simultánea de periodistas. Inédito. Poco importa la disciplina que desarrolle, la jerarquía que ostente o la experiencia que lo destaque, todas y todos, sumidos, hablando sobre este invisible intruso que una vez que lo alojamos en nuestros cuerpos, se replica como títulos de Clarín en la década de 1990

Las elucubraciones políticas y las especulaciones esotéricas, compiten paralelas con las profecías religiosas y las sospechas conspirativas paranoides.  Los manuales de periodismo se despojaron de telarañas junto a La Peste de Camus, pero las respuestas son insuficientes cuando no estériles

La única constatación posible se torna sórdida: el incremento desproporcionado de cadáveres y no tan cerca, lo suficientemente lejos como para darle espacio a las fake news, a los irresponsables provocadores de riesgos y –cuando no- al ejército de “anti” (poco importa si es anti cuarentena, anti periodismo, anti medidas precautorias, anti médicos)

Ejercer el periodismo hoy no requiere de más coraje que antes y el arrojo, como siempre, depende del temperamento o necesidad de cada cual.

Lo sagrado del dato (principio que suelen exponer los popes de la profesión no siempre con fines loables) pierde argumento. Los datos carecen de la posibilidad de comprobación científica y así se desmorona la teoría y la fe reemplaza a las presuntuosas ciencias sociales. Es creer o contagiarse. Quedarse quieto o perecer.

Hoy, esta singularidad de que exista un tema inevitable para todo el Mundo (situación inaugural que hoy decir “todo el mundo” signifique eso) podría estimular la sana competencia para que, sin descuidar el tema inexorable, se desarrolle un periodismo más amplio, versátil, entretenido, útil o profundo. Pues no es lo que abunda.

Cambio de paradigma cero. Al menos en la Argentina.

Setenta y seis años atrás se elabora lo que en 1946 se establecería como “ley”, el estatuto del periodista profesional. Tal como rescatan Damián Loreti y Luis Lozano en su libro «El derecho a comunicar”, esta herramienta que se le otorgaba al trabajador de la prensa constituía un acto de justicia, una manera de compensar “el contraste tremendo entre unas empresas (periodísticas) demasiado ricas con periodistas demasiado pobres” (extracto del discurso de Juan Perón adonde se argumentaba el por qué de esta ley)

Sí hay diferencias sustantivas pero no en el campo del ejercicio de la profesión sino en los medios y formatos. En Mendoza hay más emisoras de radio FM que las que admite el dial. Esto no significa que haya una oferta muy rica y variada,  sino que el espectro radioeléctrico es un caos, que muchas de esas emisoras (empresas o emprendimientos de distinto tamaño y peso) transgreden la ley, atentan contra el ambiente, desafían la sensatez y desoyen normas de toda índole.

En el caso de las señales televisivas, y sólo observando aquellas que emiten contenidos periodísticos, el apego a las cláusulas legales es tan infrecuente como el buen gusto. Y el cumplimiento de las cláusulas previstas –y aún vigentes- de la desarmada ley 26522 para que el Derecho a la Información, previsto en la Constitución Nacional sea asequible para todas y todos, es tan irregular como la ética de algunos colegas que son empresarios de sí mismos.

Sin sucumbir en la ingenua fantasía de que una vez superada la pandemia, habrá cambios halagüeños, sí confiamos en que la restitución de las soberanías –al menos discursivas- de los Estado-naciones, también exija una mirada más atenta sobre lo que nos sucede a nosotros.  Un periodismo de cabotaje, pero con mayor altura. Que no necesitemos un satélite mostrando las miserias del África subsahariana para horrorizarnos, mientras los vecinos de algunas cuadras más allá padecen de frio y están subalimentados.

Un día del periodista sin brindis entre compañeros de redacción, sin fastuosos platos gourmet ni tampoco modestos sánguches algo secos. Un 7 de junio carente de discursos grandilocuentes sobre las bondades de la libertad de expresión y con la ausencia de palmadas e insultos susurrados en los ámbitos oficiales, debería servirnos para acercarnos, no entre nosotros, sino a nuestra profesión, a nuestra realidad cotidiana, a nuestros barrios y a las circunstancias que viven muchas más personas de las que contamos diariamente como muertos por el coronavirus.

Algunos por propia decisión, otros por imposición y muchos porque no queda más remedio, ocupamos un lugar en el mundo periodístico que en ocasiones no honramos.  Solemos estar concentrados en nuestras umbilicales expectativas y no formulamos las preguntas incisivas que incomodan, principio inalterable del periodista.

Quienes pergeñamos, hicimos y hacemos PORTADA.COM.AR descubrimos que aquello de ser voz de los que no tienen voz y ser los ojos de quienes no alcanzan a ver no es una metáfora de iluminados, es una obligación. Hacer periodismo contemplando a las discapacidades, sin que esa sea la temática excluyente, nos interpela a diario sobre la existencia de ese otro.

Incorporar en el relato, pero además en la construcción periodística a todas las personas, con y sin discapacidad no nos ha convertido en buena gente ni en periodistas osados. Sí nos ubica en una situación de aprendizaje cotidiano y hasta hoy pone en evidencia que estamos a una distancia sideral de alcanzar la igualdad que promete el derecho.

La libertad de expresión está garantizada, lo aún ausente es el equilibrio, la disponibilidad de recursos que permita que esa libertad pueda abastecer con decencia a quienes necesitan y merecen estar informados. Y que esos recursos no impliquen silencios cómplices, abulias convenientes u operaciones mediáticas.

En este espectral 7 de junio, no encontramos el título adecuado, y sólo nos queda para concluir, un elemental augurio: salud a los colegas y a los públicos.

Lo demás –como decían nuestras madres- es pura propaganda.